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miércoles, 2 de septiembre de 2020

AMOR ROMÁNTICO: Un campo de batalla con una misma.

 Querer adentrarse a un fiel compromiso de re-flexividad, re-constitución y re-mate del amor romántico es estar en un campo de batalla diario con las ilusiones irrealizables, con las conductas tóxicas aprehendidas, con una misma y su sentir de incompletud a pesar de tenerlo todo.

Se pregunta una a cualquier hora del día, claro, no todos los días ¿Qué diantres es eso a lo que llaman amor romántico? ¿Cómo algo incomprensiblemente bello últimamente lo han categorizado como tóxico? y lo difícil ¿Cómo saber si una está haciendo castillos de murales inquebrantables donde el amor intoxica todo?

No deseo adentrarme en la complejidad del concepto, ya teorizado, de amor romántico. Sería también muy atrevido de mi parte ilusionar con la respuesta inexistente de la pregunta frecuente sobre el amor, sin embargo, puedo decir que el amor es tensión en su centro, es mutable e indefinible. Totalizar lo a partir de definiciones cerradas no ayudaría en nada, antes complicaría todo. Solo quiero sembrar dudas, y de pronto,  si la escritura lo quiere, plantar realidades. 

Mi vivencial experiencia con el amor romántico ha estado en todos los lugares de ruptura. Desde las márgenes hasta en el meollo mismo de la acción. Desde las márgenes, más afuera que adentro, como cuando veía con mucho entusiasmo en mi ingenua niñez las princesas rescatadas por el príncipe, lo que es peor, devueltas a la vida por un hombre jamás visto. Un desconocido. Fue en la niñez, vida abandonada de reflexión. Hoy soy feminista, lo que implica irremediablemente, estar cuestionando todo. Las gafas moradas, un lente que permite preguntarse por la realidad, también, permite observar el pasado y criticar lo cruelmente. Una visión que me permite despejar la vida. Soy capaz por ello, de ver esas rupturas románticas, incrustadas alrededor de mi piel, con claridad. 

No hay otra forma de cuestionar el amor romántico, y por supuesto, desmitificar lo sin encarnarlo en el cuerpo. La seguridad de hablar desde las narrativas personales. Aquellas experiencias amorosas que al inicio elevan por la gloria de un cuento fantástico que promete un final feliz, pero no tarda en destapar las trampas que conlleva amar con la necedad de agarrar en vez de liberar. De pronto ese es el problema. Por eso insistentemente va de boca en boca la palabra tóxico cuando se anuncia al amor. No vivimos el amor, queremos controlar el amor.

En parte ese es el centro de la tensión. De la batalla con una misma. Deber de controlar todo, no dejar que el amor fluya por los cauces de la compresión, paridad e individualidad. La disputa está latente por el hecho de entender finalmente que no somos dos en uno, ni estamos destinados al para siempre. El amor es un amor compañero. La otra parte de la batalla con una misma es decidir entre una-su integridad- o el amor.  He tenido que decidir entre sacrificar, eventualmente olvidar, mis anhelos o seguir los pasos de los sueños de alguien que hace parte de mi vida como mi vida misma. He tenido que lavarme la cara para mitigar la inflamación que deja el llanto desgarrador, y decidir si perdonar una farsa o vivir con él y el olvido. Lo significativamente doloroso, que no he tenido que pasar, sin embargo le pasa a otras y pasa mucho, es decidir otorgar una última oportunidad a un hombre que se escuda en la palabra amor para esconder su violencia machista.

Decidir implica en ocasiones el rompimiento. Y es que cuando el amor se dirige lentamente a las penumbras del olvido, mientras de la mano nos lleva a la fuerza, escuchamos un crujido leve pero en aumento de un cuerpo que se rompe. Al final del amor romántico quedamos rotos, resquebrajados, diminutos restos de cristal. Preciso en esos instantes íntimos, recordamos que somos frágiles, y decidir se vuelve una verdadera batalla. 


¡Oh! recuerdo a Monique: tan rota, desganada y sola. Y me recuerdo. Monique una ficción del libro la mujer rota de Simone de Beauvoir. Ficción que cuenta tanto de la vida mientras se afina con las cuerdas de la realidad. Narra la perspectiva de una verdad sobre el amor, ese mismo que nos envenena, ese mismo que encarcela. Monique, en su cama como una cárcel, se queda esperando, en el final que me imagino se queda esperando por siempre, a un hombre que la bese, a su esposo. Cada minuto eterno aguarda con ilusión, rota, que su esposo la abrace y restituya. Monique espera a que su esposo la devuelva a la vida. Ella no batalla para desaprender,deja, sin el menor esfuerzo de su parte, que el amor le nuble la vida. 


Monique rota por la imposición invisible del amor romántico. Un fragmento final de sus pensamientos que suscita terror al saber que no es solo una novela, su sentir, quienes hemos amado de forma equívoca, resuena dentro.



“Esas sonrisas, esas miradas, esas palabras, no pueden haber desaparecido.

Flotan en el apartamento. Las palabras a menudo las escucho. Una voz dice en

mi oído, muy claramente: «Mi pequeña, mi querida, mi querida...». Las

miradas, las sonrisas, habría que atraparlas al vuelo, tomarlas por sorpresa

sobre el rostro de Maurice, y entonces todo sería como antes.

Continúo sangrando. Tengo miedo”




María Hurtado Pineda, estudiante de antropología. Universidad de Caldas.


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